En Lázaro me he convertido en quien quería ser

Me acerqué al hogar Lázaro de Lille gracias a un testimonio. Sentí enseguida que aquello me hablaba directamente, que me concernía de manera especial: desde hacía tiempo tenía ese deseo de vivir una experiencia de comunidad, y en la casa se respiraban serenidad y fuerza.
Un buen día decidí lanzarme a la aventura sin hacerme demasiadas preguntas, y entré a vivir en el piso. Fue un verdadero salto a lo desconocido para mí. No conocía a ninguno de mis compañeros cuando acepté y tenía un poco de aprensión. Al principio tuve que encontrar un equilibrio entre mi vida profesional y mis responsabilidades en el hogar, pero enseguida hablé a mis colegas de lo que estaba viviendo en Lázaro porque tenía ganas de transmitirlo. Se sintieron conmovidos e incluso mi jefe vino al último encuentro de la amistad en nuestra casa.
Siento que aquí realmente estoy creciendo: aprendo paciencia y, sobre todo, escucha. Aprendo a buscar cuál es la raíz verdadera de un problema cuando surge una dificultad, que no siempre está donde uno cree a primera vista. Lo más importante es escuchar, más que querer encontrar a toda costa una solución para el otro. Preguntar el nombre a una persona, dedicarle tiempo, es devolverle valor al tiempo. He aprendido que mi simple presencia junto a cada uno ya tiene valor en sí misma. A veces no controlamos el resultado cuando intentamos ayudar a alguien. El otro día uno de mis compañeros estaba algo deprimido, e intenté consolarlo diciéndole: «En Lázaro amamos la vida, eso es lo más importante». Y fue Olivier, otro de mis compañeros, quien me confesó una semana más tarde que esa frase le había tocado y ayudado en un momento especial en que lo necesitaba.
Lázaro es sencillo: no hay papeles que interpretar, estamos llamados simplemente a ser nosotros mismos. Aquí siento de verdad que me he convertido en quien quería ser.