Nuestra hija Teresa fue la confirmación de que nuestro lugar estaba en Lázaro.

Somos Soline y Simón, tenemos 40 años y estamos casados desde hace 14. Somos la familia responsable de la casa Lázaro de Marsella, que abre en septiembre. Tomamos esta decisión el año pasado, mientras buscábamos un lugar en el que comprometernos juntos. Llevábamos 14 años esperando un hijo, y esa espera ocupaba casi todo el espacio en nuestra vida. No queríamos quedarnos encerrados en nosotros mismos ni en nuestro dolor. En ese camino ya participábamos en una asociación en contacto con personas en situación de precariedad, y lo que vivíamos allí nos dio ganas de encontrar un lugar en el que entregarnos juntos, en el corazón de nuestro matrimonio. No algo añadido a nuestras actividades profesionales, familiares o sociales, sino algo que transformara nuestra vida.
Para nosotros era importante que nuestro matrimonio fuera fecundo más allá de los hijos, en la vida cotidiana. Cuando oímos hablar de Lázaro nos entusiasmamos, aunque también tuvimos que discernir mucho.
Era un auténtico salto al vacío: había que dejar cierta seguridad, una vida tranquila, sabiendo que se abría la puerta a una alegría más profunda
Nos preguntábamos si estaríamos a la altura. Además, tuvimos que ser pacientes, porque no éramos la única familia candidata y aún no había una casa identificada en Marsella para el proyecto. Pero comprendimos que todo ese tiempo había alimentado nuestro deseo de lanzarnos en esta aventura.
El primer día del primer confinamiento enviamos un correo a Lázaro para confirmar nuestro deseo de ser familia responsable. Queríamos vivir algo juntos como pareja, porque nos estábamos encerrando en nuestra herida de no poder tener hijos. Dos meses después de aquel correo nos enteramos de que esperábamos un bebé. Nunca sabremos por qué ocurrió en ese momento.
Simplemente pensamos que en Lázaro fue como un desbordarse de vida
Nuestra hija Teresa fue como la confirmación de que nuestro lugar estaba en Lázaro. Algunos cercanos nos preguntaron si, al fin, abandonábamos el proyecto. Pero al contrario: no se trataba de elegir entre el compromiso en Lázaro o tener un hijo. Al revés, ¡es aún mejor tener un hijo! Nos damos cuenta de que Teresa provoca asombro en nuestros amigos de la calle; para ellos también es ocasión de darse y de cuidar de ella. Vemos cómo se iluminan los rostros cuando aceptamos que nos ayuden a acunarla o a prestarnos un servicio. Gracias a ella experimentamos hasta qué punto uno recupera dignidad cuando se entrega. Lázaro no es una mano que da y otra que recibe. Llegamos con lo que somos, no con lo que sabemos hacer.